A pesar de que la venganza se sirve en plato frío, y en determinados momentos no sepa atender a razones, aún tengo el corazón templado y el despecho es algo que no he aprendido.
No me valen las excusas que no he pedido. Creo que tampoco me valen las que sí pido, porque nunca es la que quiero escuchar, la correcta. En realidad, y pensándolo bien, no me vale ninguna. Porque no es la palabra excusa. No es esa sensación, es otra. Lo que espero a veces es sumisión. Rendición. No es humillarse pedir perdón y rectificar. Pero la consecuencia, hasta en el error, no es barata. De hecho es la única virtud que no puede comprarse con dinero. Y escasea.
A pesar de que la venganza se sirve en plato frío, mi conciencia no me permite hacer determinadas cosas. Mala suerte. Pero poner la otra mejilla es una tontería. Por eso he decidido que los comportamientos de argumento incomprensible, aquellos que me hieren y parecen escapar a toda lógica, que hacen que mi fe se escape gota a gota, por minutos, no merecen más paciencia.